Campana de largada
Clarín sigue orgulloso de su campaÑa que le pide al mundo la inclusión de la letra Ñ en los nombres de dominio de Internet. Casi 10.000 personas han firmado el popular formulario. Algunos audaces, como un cierto Luis Alberto Acuña, se preguntan: “Si dejara de existir la letra Ñ, ¿cómo escribiría mi apellido y el de mis hijos?”. La respuesta es fácil: Acuna (o Acunna, si nuestro amigo quiere ser fiel al origen de esta letra).
La inteligente campaña se basa en el principio diferenciador fonético. La diferencia entre el fonema nasal, palatal y sonoro (ñ) y el fonema nasal, alveolar, sonoro /n/: “no es lo mismo un mono que un moño”. La confusión en el punto de articulación es la base gráfica e icónica de la propuesta.
Claro que no es lo mismo, pero también podríamos decir que no es lo mismo pensar la frase “la pequeña copa” como si copa fuese 1) una parte del sombrero; 2) un vaso ; 3) la parte más alta de un árbol o 4) la conjugación en la tercera persona del singular del verbo “copar”. En estos casos, lo que nos ayuda a determinar el sentido de la frase, es su contexto de enunciación. Lo mismo pasa con las metáforas, decir “me fui por la ramas” (para seguir con la temática del mono) no implica que el receptor del mensaje comprenda que yo, para ir a la casa de mi abuela, he viajado como Tarzán colgándome de liana en liana. En la metáfora se produce un traslado de un sentido llano a un sentido figurado, sin que eso dificulte su comprensión.
Sin embargo, podrá decir Luis Alberto Acuña, si la metáfora es muy antigua o muy nueva puede ser difícil de entender. El problema es que hablamos, siempre, por metáforas, por construcciones del lenguaje que han ido evolucionado, hasta que la huella de la metáfora terminó por desaparecer. Tomemos el verbo “delirar”: viene del latín de-lirare, que significa “salirse (de-) del surco (-lira)”. Es decir que un primer momento hacía referencia al hecho de apartarse a un lado de las líneas que dejaba el arado. Delirar era entonces separarse del surco y por metáfora significa ahora “decir o hacer disparates”.
Pero volvamos a la Ñ. A la letra. La evolución de una lengua es una historia que es siempre inconclusa, al menos si nos referimos a las lenguas “vivas”. La evolución, el cambio, aseguran su permanencia. Su poder de adaptación es primordial en el momento de pensar la “vida útil” de una lengua. La letra Ñ no existió siempre en nuestro idioma. Su origen, irónicamente, puede anticipar su propio fin: el sonido ñ se representaba en el español antiguo por la doble n. Se escribía Hispanna, por ejemplo. El problema era que los pergaminos tenían un espacio limitado y había que ahorra lugar cuando se escribía. Entonces, cuando había dos n juntas, se empezó a escribir una n con una n más pequeña arriba: Ñ.
Eso en relación al origen de una letra. Pero al mismo tiempo, otras letras y otros sonidos, en la historia del español, fueron desapareciendo. La letra ç, por ejemplo, equivalía al sonido africado y sordo /ts/ en palabras como “plaça”. Con el paso al español moderno la “ç” fue remplazada por la “z”, y nadie la lloró.
Una transformación semejante pasa con las palabras: algunas se dejan de usar y mueren, otras evolucionan, cambian y se adaptan; otras nacen y se quedan.
Lo cómico en el asunto de la Ñ es la coincidencia mediática entre su nacimiento y su (probable) muerte. Nació por las necesidades de evolución de un soporte de escritura, de un medio de comunicación (si no hubiese existido esa necesidad de ahorrar espacio en los pergaminos la ñ no hubiese existido nunca); mientras que ahora, ante la evolución de los sistemas de comunicación (y de los soportes de la escritura) se teme su desaparición.
Pegar un grito en el cielo por la existencia de la ñ es una manera de museificar nuestra época, ponerle un freno a la evolución de nuestro idioma.
A mi me parecería más poético que muera de la misma manera en la que nació.
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